En un mirador de la Plaza de Puyarruego y a la vista de las majestuosas altas cumbres del Pirineo se localiza una escultura-monolito de piedra que rinde honor a los Nabateros de Sobrarbe.
La historia de los nabateros del Sobrarbe es también la historia del río Cinca, de las montañas del Pirineo aragonés y del ingenio de los hombres que, durante siglos, aprendieron a convivir con su entorno y a aprovecharlo para sobrevivir.
Hoy, lo que fue una dura profesión de subsistencia se ha transformado en un símbolo cultural y un espectáculo que revive, cada primavera, la memoria de un oficio desaparecido pero no olvidado.
Desde la Edad Media, la madera de las montañas y valles pirenaicos era codiciada en todo el Valle del Ebro hasta Tortosa, donde podía ser distribuida por mar.
Los mejores troncos (principalmente pino silvestre y en menor medida haya y quejigo) se elegían para ser transportados por los ríos a fin de darles futuro uso en carpintería, construcción e incluso en los astilleros.
Los árboles se cortaban en en Enero porque así resistían mejor el ataque de los parásitos. Este trabajo lo llevaban a cabo los picadores o leñadores que se alojaban en cabañas en el propio bosque.
Eran los abríos (bueyes, mulos...) los encargados de bajar los troncos desde el monte hasta las orillas de los arroyos de montaña.
Ya en primavera los maderos se arrojaban al agua y comenzaba la tarea de barranquiar: conducir los maderos sueltos por ríos pequeños o guiarlos desde las orillas con largas pértigas hasta el Cinca, donde en las orillas se formarían las grandes nabatas.
Puyarruego está situado sobre un cerro que domina una de las grandes playas fluviales, donde los nabateros dedicaban cinco o seis jornadas de trabajo en formar grandes plataformas atando un tronco junto a otro y dando forma a las nabatas. En su extremo frontal y en el posterior se ubicaban los remos, de hasta 11 metros de longitud, para poder guiar la nabata por el río.
En mayo, en los mayencos, cuando los ríos recibían con fuerza el agua del deshielo comenzaba el duro viaje de las nabatas.
Desde Puyarruego, en una jornada alcanzaban Monzón, en el segundo día llegaban a Fraga y al día siguiente ya navegaban por el río Ebro.
En otros cuatro días alcanzaban los aserraderos de Tortosa.
Tras vender los troncos, los nabateros regresaban, andando o si la cosa había dado de sí en ferrocarril.
Así se ponía fin a un arduo trabajo de meses de talar y limpiar los troncos, formar las nabatas y transportarlos.
Con la llegada de las presas en los ríos y las carreteras a lo largo del siglo XX el oficio de nabatero fue desapareciendo.
En 1941 tuvo lugar el último descenso nabatero.
Hoy en día y una vez al año varias nabatas descienden el río Cinca entre las localidades de Laspuña y Aínsa en recuerdo y homenaje, a los antiguos nabateros.
En el año 2022 la UNESCO reconoció el transporte fluvial de la madera como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Este Monolito de Puyarruego, obra del artesano sobrarbense Carlos Serrano, rinde homenaje a todas las personas que dedicaron su vida al oficio de la madera y su transporte fluvial por el río Cinca a fin de completar sus exiguas economías.
Los Nabateros, un oficio desaparecido pero que sigue bien vivo en el corazón del Pirineo.

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