Con el mágico tajo del río Ésera en el Congosto de Olvena, ante el puente nuevo de La Puebla de Castro, Aragón.
Tenaz y pacientemente el río Ésera a lo largo de millones de años ha conseguido abrirse camino -en su bajada del alto Pirineo buscando el Cinca- entre duras y altivas rocas, conformando un cañón de una gran belleza y biodiversidad.
No es difícil ver entre los pliegues rocosos la Oreja de Oso o la Coronilla de Rey y más complicado, pero no imposible, ver como surcan los cielos el búho real, el halcón peregrino o la mismísima águila real.
Este impresionante Congosto de Olvena ya dio cobijo a pobladores prehistóricos, que dejaron su huella en forma de restos de enterramientos y cerámicas en la conocida como Cueva el Moro así como en las pinturas rupestres del Remosillo.
El hombre, en su loable intento de aprovechar terrazas y tierras del otro lado del río y poder también comunicarse con otros pueblos ha levantado puentes, como el Puente medieval de Castro, que ya vimos ayer mismo por aquí y el Puente Nuevo, que vemos en mi fotografía, por el que asciende la estrecha y sinuosa carretera que asciende hasta el bello pueblo de La Puebla de Castro en la mágica Comarca de Ribagorza.
Imposible perdérselo.
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